Hace unos años, cuando una persona estaba sola y de repente se reía, todos a su alrededor decíamos: “¿Estás loco que te reis solo?”. Por lo general, la respuesta era que recordaba algo, alguna situación graciosa que le había pasado en su vida. Hoy ya no es así. Si alguien está solo y se ríe, no necesariamente es porque esté recordando algo gracioso, sino porque seguramente se encuentra con su smartphone y está viendo algo gracioso en él.
Foto de cottonbro studio: https://www.pexels.com/es-es/foto/hombre-sonriente-mirando-su-telefono-apoyado-en-un-pilar-de-hormigon-3206079/Este detalle, que parece menor, es un indicador de que el tiempo que pasamos solos ya no lo estamos con nosotros mismos. Históricamente, estar solo significaba estar con uno mismo, en sus pensamientos y reflexiones, trayendo a colación situaciones de la vida cotidiana que eran revisables en algún punto o importantes como para ser revisadas. Hoy en día, como están planteadas las cosas y con el avance tecnológico, el tiempo que pasamos solos generalmente ya no lo estamos con nosotros, sino que interactuamos con un dispositivo móvil u otro dispositivo tecnológico que nos brinda “comunicación” y, sobre todo, entretenimiento.
Esta realidad es nueva para la humanidad en términos históricos. Hablamos de un fenómeno que no tiene más de 15 años desde su inicio, pero con un desarrollo y penetración real de no más de 10 años. Debido al corto intervalo de tiempo desde su asentamiento, el estudio de este fenómeno parece insuficiente para desarrollar una teoría determinista o concluyente. Todavía no sabemos qué consecuencias puede generar a corto o mediano plazo. Sí es cierto que hay ciertos indicios o síntomas personales y sociales que se atribuyen a esta nueva realidad. La mayoría de estos síntomas están ligados a problemas en la salud mental de la sociedad en general, como la ansiedad y el aumento de la violencia o actitudes violentas. Personalmente, no puedo ser categórico al afirmar que las consecuencias ya están a la vista, pero hay cierta inclinación a creer que sí hay una influencia de los dispositivos móviles en nuestras actitudes individuales y sociales.
Hay mucha literatura en el campo de las ciencias sociales y de la educación que advierte sobre el fenómeno y sus contraindicaciones. Sin embargo, la realidad es que se trata de un fenómeno en constante desarrollo, lo que dificulta sobremanera su investigación debido a su naturaleza dinámica. Este desarrollo dinámico, incluso fluido, provoca que los conocimientos generados a partir de investigaciones queden obsoletos muy rápidamente y, por lo tanto, sean poco atractivos para ser estudiados. Por otro lado, existe una necesidad social de entender lo que está sucediendo al respecto, con el fin de tomar mejores decisiones sobre políticas públicas en educación, primera infancia, trabajo e incluso seguridad.
En este punto, cabe preguntarse: ¿Hemos fortalecido nuestros vínculos sociales tanto como nuestra relación con el smartphone? Todo indica que no es así. Si bien el smartphone ha sido un salto cuántico en cuanto a la simplificación de la comunicación y la fluidez de información, tanto emisora como receptora, el lado B de esta nueva realidad es que las personas que se encuentran a nuestro lado se alejan, mientras que las que se encuentran en la lejanía se “acercan”. No sabemos en qué proporción sucede esto, pero podemos ver a diario que una persona en un transporte público puede estar comunicándose muy fluidamente mediante su smartphone con personas que no están allí, y sin ninguna comunicación con las personas que están a su alrededor a menos de un metro de distancia. ¿Es una actitud aislada? NO, es una actitud en la que la mayoría estamos inmersos. ¿Es una práctica razonable? NO. Si la miramos con perspectiva y críticamente, es una imagen ridícula ver a muchas personas compartiendo un espacio reducido sin tener comunicación alguna entre ellos, mientras se comunican con personas que no están allí. Podemos preguntarnos en ese caso: ¿cuando estamos en esa situación, dónde estamos realmente? Tiendo a creer que al final del día no estamos en ningún lado. No estamos allá con las personas de la lejanía, y tampoco estamos acá con aquellos que están a nuestro alrededor. Estamos en una especie de limbo espacio-temporal que vacía de significado nuestros vínculos y relaciones sociales. Esta afirmación puede ser controversial porque nada es tan definitivo ni tan contundente, pero considero totalmente que necesitamos volvernos muy conscientes de los desafíos que nos impone esta nueva realidad.
El avance tecnológico en informática, a través de un smartphone u otro dispositivo, tiende a ocupar cada vez más espacios íntimos del ser humano, invadiendo absolutamente la esfera privada, haciendo de esta una suerte de espacio público donde otras personas pueden asistir y opinar. Además, los espacios íntimos y la esfera privada al mismo tiempo se convierten en un shopping de necesidades que las empresas, lógicamente, tienen el cometido de "satisfacer". Es sabido que las grandes empresas tecnológicas de hoy día tienen más información de nosotros que nosotros mismos. Pueden saber nuestro estado de ánimo, nuestra orientación política, nuestras preocupaciones, hobbies, qué viaje estamos planeando y hasta si estamos por cambiar de pareja.
Con el escenario planteado en este espacio, se vuelve imprescindible tomar conciencia activa sobre esta nueva realidad. Debemos poner las herramientas tecnológicas que nos brinda el momento histórico en una "caja de herramientas", aprender a usarlas, y no al revés. Finalmente, debemos entender que pueden ser ese instrumento por el cual debemos "romper el vidrio en caso de emergencia" y no una extensión de nuestra anatomía.
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